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26 agosto 2017

El Palacio de la Alhambra

La Alhambra | Foto: National Geographic

En mayo de 1829, acompañado por un amigo, miembro de la Embajada rusa en Madrid, capital de España, inicio el viaje que había de lle­varme a conocer las hermosas regiones de Andalucía. Las amenas incidencias que matizaron el camino se pierden ante el espectáculo que ofrece la región más montañosa de España, y que comprende el antiguo reino de Granada, último baluarte de los creyentes de Mahoma.

En un elevado cerro, cerca de la ciudad, se ha construido la antigua fortaleza rodeada de gruesas murallas y con capacidad para albergar una guarnición de cuarenta mil guerreros.

Dentro de ese recinto se levantaba la residencia de los reyes: el magnífico palacio de la Alhambra. Su nombre deriva del término Aljamra, la roja, porque, la primitiva fortaleza llamábase Cala-al-hamra, es decir, castillo o fortaleza roja.

Sobre sus orígenes no están de acuerdo los investigadores. Para unos la fortaleza fue construida por los romanos; para otros, por los pueblos ibéricos de la comarca y luego ocupada por los árabes al conquistar el territorio de la península.

Expulsados los moros de España, los reyes cristianos residían en ella por breves temporadas. Después de la visita de Felipe V, el palacio cayó en el más completo abandono.

La fortaleza quedó a cargo de un gobernador con numerosa fuerza militar y atribuciones especiales e independiente de la autoridad del capitán general de Granada.

Para llegar a la Alhambra es necesario atravesar la ciudad y subir por un accidentado camino llamado la “Cuesta de Gomeres”, famosa por ser citada en cuantos romances y coplas corren por España.

Al llegar a la entrada de la fortaleza, llama la atención una grandiosa puerta de estilo griego, mandada construir por el emperador Carlos V.

Ante ella, en banco de piedra, dormitaban dos viejos y mal uniformados soldados, mientras que el centinela (por su edad debía ser una verdadera reliquia militar) conversaba con un zarrapastroso individuo que al punto se me ofreció como guía y buen conocedor de la Alhambra.

Con cierto recelo acepté sus servicios, los que más tarde resultaron de mucha utilidad. Seguimos por un camino cubierto por frondosos árboles, pudiendo ver a nuestra izquierda las cúpulas del palacio, y a la derecha, las célebres Torres Bermejas, cuyo color rojo herían los rayos del sol.

Subiendo la sombreada cuesta, llegamos a una fortificación construida para defender la entrada de los fuertes y que recibe el nombre de barbacana. Ella guarnecía la “Puerta de la Justicia” porque en aquel lugar solían reunirse los jueces para atender pequeños asuntos. Atravesando esta torre se observa la “Plaza de los Aljibes”, donde los moros han perforado profundos pozos que surten a la fortaleza de agua fresca y cristalina.

Frente a la plaza se encuentra, a medio construir, el palacio que, según Carlos V, debía eclipsar en belleza todas las artes árabes.

Pasando por él, entramos con cierta emoción al palacio de la Alhambra. Nos creímos elevados a lejanos tiempos y rodeados de personajes de leyenda.

Con suma curiosidad examinamos el gran patio cubierto por lajas de mármol, denominado el “Patio de la Alberca”, en cuyo centro luce un estanque de cuarenta metros de largo por diez de ancho, lleno de pececillos de colores y rodeado de hermosas flores.

En uno de los extremos del patio se encuentra la Torre de Comares, mientras que por su frente, después de atravesar un artístico arco, se entra en el célebre “Patio de los Leones”. En su centro, la famosa fuente, apoyada en doce leones, arroja tenues hilos de agua, que magnifican las hermosas filigranas sostenidas por delicadas columnas de mármol blanco.

Sobre el patio da la maravillosa “Sala de las Dos Hermanas”, cuyas paredes cubre un zócalo de vistosos azulejos, en los que están pintados los escudos de los reyes y que contribuye a destacar los artísticos relieves y vívidos colores que adornan las paredes.

Frente a esta cámara se encuentra la “Sala de los Abencerrajes”, donde, según la leyenda, encontraron la muerte los miembros de esa familia, rival de los Zegríes.

La Torre de Comares y un original deporte volvimos sobre nuestros pasos para visitar la célebre torre que lleva el nombre de su constructor, donde se encuentra la renombrada “Sala de los Embajadores”, artísticamente decorada, y el “Tocador de la Reina”‘, especie de minarete donde las bellas princesas se distraían en la contemplación del paisaje que rodea la fortaleza.

Un fresco amanecer resolvimos ascender a la elevada torre para admirar desde ella la hermosa vista de Granada y sus fértiles caronpiñas.

Debimos subir por una larga, oscura y peligrosa escalera en caracol que nos impuso varios descansos hasta conseguir llegar a lo alto. Desde allí íbamos contemplando los lugares más renombrados de la Alhambra. A nuestros pies se abría paso entre las montañas el “Valle del río Darro”, cuyas arenas arrastran partículas de oro. Al frente se elevaba, en lo alto de una colina, “El Geeneralife”, soberbio palacio donde los reyes moros, pasaban los meses de verano. Luego fijamos nuestra vista en el concurrido paso que lleva el nombre de “Alameda de la Carrera de Darro” y en “La Fuente del Avellano”. Luego, en un desfiladero conocido peor el “Paso de Lope” y el “Puente de los Pinos”, famoso, no tanto por los sangrientos combates que libraron cristianos y moros, sino porque allí Cristóbal Colón, descubridor de América, fue alcanzado por un enviado de la reina Isabel, cuando, convencido de que nada podía hacer España, se dirigía a Francia para someter a consideración del rey de ese país su magnífico proyecto.

Después de admirar el paisaje, cuando el sol hacía imposible nuestra permanencia en aquel lugar, nos disponíamos a descender; observamos, con gran sorpresa, que en una de las torres de la Alhambra dos o tres muchachos agitaban largas cañas, como si quisieran pescar en el aire.

Nuestro asombro creció al ver que en otros lugares ocurría lo mismo. No había muralla o torre a la que no se hubiesen encaramado los singulares pescadores.

Preocupados y haciendo toda clase de suposiciones, llegamos al “Patio de los Leones”, desde donde buscamos a nuestro sapiente guía. No tardamos en dar con él, y con ello desapareció el misterio que tanto nos daba que pensar.

Las abandonadas ruinas de la Alhambra se habían convertido en un prodigioso criadero de golondrinas y alondras, que revoloteaban en cantidad sobre las torres.

¿Qué mejor pasatiempo que el de cazarlas por medio de anzuelos encebados con apetitosas carnadas?

¡Pescar en el cielo!

He aquí el grato y productivo deporte inventado por los habitantes de la Alhambra.


 SOBRE EL AUTOR


 WASHINGTON IRVINGNació en Nueva York, el 30 de abril de 1783. Realizó estudios de Derecho, pero su vocación se interesaba más por el periodismo y la escritura que por la abogacía. En 1802 comenzó a escribir artículos en periódicos de Nueva York. En 1815 se fue a vivir a Liverpool y allí trabó amistad con importantes hombres de letras: sir Walter Scott y Thomas Moore, entre otros. Escribió algunos ensayos y relatos bajo el seudónimo de Geoffrey Crayon. En Madrid perteneció al cuerpo diplomático de su país. Nuevamente en Estados Unidos en 1846, regresó a Sunnyside, su casa de campo, y allí falleció el 28 de noviembre de 1859.

12 mayo 2015

Análisis de "El gato negro" de Edgar Allan Poe

The Black Cat | Anna Pędzik

"El gato negro" de Edgar Allan Poe no es un relato tan conocido como otros del autor, pero es uno de los más llamativos de su producción. Fue publicado en el periódico Saturday Evening Post de Filadelfia el 19 de agosto de 1843. En este se narra la historia de un hombre que vive junto con su esposa, y varios animales, entre los que destaca un gato. Es una vida bastante hermosa pero la bebida hace sus estragos y la historia se va haciendo cada vez más precipitada.

Poe examina la psicología humana profundamente, describiendo con su narrativo los más profundos procesos del interior de la persona, esos sentimientos que pueden surgir en cualquier momento como respuesta a un acontecimiento. En su cuento, el personaje es usado como un vehículo para representar las consecuencias que puede traer el abuso de alcohol. El narrador cuenta como gracias a la alcohol su vida se fue transformando poco a poco, dando lugar a a su trastorno y a la aparición del  desprecio hacia al animal, así como  las actitudes impulsivas e iracundas.  Ciertamente el narrador hace alusión a su gran amor por los animales, pero gracias a su vicio, este afecto da un giro de 180 grados y termina en rencor, alimentado por el desespero y la intolerancia,  lo que lleva incluso a actitudes perversas y que ponen en duda la integridad mental del individuo.

Precisamente, las actitudes que toma el hombre no son de una persona sana mentalmente. Pero es que su caída en las manos del alcohol, no le permite actuar como es debido. La actitud sádica e impulsiva y los deseos de deshacerse del animal de la forma en que lo hace dan muestra de su falta de lucidez.  El gato sólo era un animal común y corriente, pero no para su ya dañado juicio, y eso es lo que lo lleva a hacer lo que hace.

El hombre termina ahorcando al animal, para darle fin a todo su sufrimiento. Pero no todo lo extraño termina allí, en cambio se hace mucho más extraño con la aparición de extraños acontecimientos luego de ello. Su casa se incendia y el gato es encontrado dentro de la habitación. Aunque impactado al principio, el hombre termina por convencerse en pensar que alguien debió haberlo utilizado para despertarlo  a él y a su mujer mientras su casa estaba en llamas.

Cuando aparece el nuevo gato en la vida del hombre, un hecho misterioso, la historia se repite. Los mismos deseos embargan al hombre y le dan la idea de deshacerse ahora del nuevo gato. Pero las consecuencias de su intolerancia hacia el animal terminan en un peor escenario: cuando su mujer se atraviesa en el medio, su actitud perversa y sádica hace que se descargue con ella y la asesine. Ya en este punto, el horror se hace evidente en la historia.

Son ya dos acciones desmedidas como consecuencia de su locura, pero el hombre no se preocupa realmente por ello y esconde el cadáver de su mujer en la pared. Cuando más tarde es visitado por los fiscales para investigar la "extraña desaparición" de su esposa, su actitud serena se vuelve de vital importancia para tratar de convencer a los policías que todo está bien. Pero al final el mismo termina por descubrirse a si mismo, tras hacer que la pared se rompa y con ello libere el cadáver y, con un chillido "infernal" como el dice, el gato que tanto problemas le ha traído.

En este punto del relato la aparición del animal guarda relación con lo estipulado al principio: los gatos son en verdad en brujas disfrazadas. Bruja o no, lo cierto es que el gato termina convirtiéndose en una especie de castigo del que no puede deshacerse y lo que demuestra que le ha sido imposible salir ileso de sus incorrectas acciones. Es por ello, que las palabras con las que termina el relato, no pueden ser más significativas: «había emparedado al monstruo en la tumba».

Otro punto importante que hay que notar es que, en contraste, este relato tiene características que lo hacen similar a "El Corazón delator", otra de las obras de Poe. En ambos relatos, el narrador cuenta la historia de lo que le sucedió; hay la presencia de un detonante que trae como ln consecuencia la actitud del personaje, en el corazón delator, se trata del ojo del anciano. Finalmente, hay un abrupto desenlace que termina por sacar a luz sus sucias fechorías (el latido del horrible corazón del anciano, en el caso del corazón delator).

Ambos son relatos prácticamente hermanos, que nos muestran de una manera un tanto espeluznante, cuáles pueden ser las consecuencias de las no tan sanas actitudes del ser humano.

***

¿Y a a ti que te pareció el relato? ¿Hay alguna otra forma de comprender la psicología humana?


 SOBRE EL AUTOR


 CÉSAR RAMÍREZ, venezolano, estudió en la Universidad de Carabobo. 
 
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