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29 mayo 2023

Posturitas, tú eso no lo escribiste en el bar

Ernest Hemingway media hora antes de ponerse a escribir


Si el alcohol tiene fama de haber sido combustible de la literatura, más aún lo ha sido la barra o mesa en que se servía. O eso se nos cuenta al menos en las biografías de autores y en la génesis de muchas de sus obras. La pregunta no es si realmente podían escribir tan bien medio beodos, sino si lo de escribir era totalmente secundario, y de lo que se trataba era de tener una excusa para ir al bar. Auténtico templo no del trabajo de la escritura, sino del de encontrar inspiración.

Los primeros bares literarios, en los casinos.

Pocos se inspiraron tanto allí como Dostoyevski, al que hay aludir siempre en estos casos, y no por su cualidad literaria, sino porque vivió de escribir cuando pocos lo hacían, y se gastó, como pocos, los ingresos producidos por cuanto escribía en los casinos de los balnearios, sus lugares favoritos. Sitios como funzpoints, si trasladáramos el entonces al ahora. El círculo vicioso de ingresos y gastos del ruso era tan peculiar que a menudo entablaba conversaciones con los policías que venían a detenerle por sus deudas, a fin de conseguir material literario para su producción. Escribiendo a una velocidad endiablada saldaba sus deudas, y tan pronto terminaba corría a contraer otras nuevas. Sigmund Freud acabaría diciendo de él que jugaba a la ruleta como medio de sustituir la masturbación. ¡Y eso solo porque era muy malo eligiendo a sus parejas! Más plausible resulta la explicación de que en aquel entorno, hablando con unos y otros, fuera capaz de construir sus novelas de cabeza, como hizo con El jugador, que dictaría en solo veintiséis días a su verdadero amor, Anna Grigorievna. Su amor, y la responsable de gestionar bien sus derechos de autor y encarrilar su economía el resto de su vida, convirtiéndose ella misma en su editora y agente literaria. En cuanto a lo de que su marido siguiera yendo a los casinos por el resto de su vida, él le aseguraba que no era por vicio, sino por trabajo. Y como ella había respondido a su proposición de matrimonio con un «te amo y te amaré siempre», le quedaba poco que objetar cuando el autor buscaba de nuevo inspiración en el juego, la compañía social, y la bebida. Es lo que tiene.

Y qué hay del más alcohólico y honesto de los autores, ese tipo que se juró que si no triunfaba a los sesenta -se lo dijo a los treinta y cuatro- se daría otros diez años, y que se sabía mal escritor, pero que continuaba porque tras leer a todos los demás se animaba mucho. Charles Bukowski. No nos engañemos, ni una sola línea de las que aspiró a publicar la trazó en un bar. El muy sibarita necesitaba música clásica de fondo, Gustav Mahler si le daban a elegir. Y eso que dado el tiempo que pasó bebiendo podría haber escrito el cuádruple. Tampoco es que no le diera al boli en las barras de los bares, al contrario, su extensa obra epistolar, la que nos deja conocer al hombre detrás del personaje, está hecha íntegramente allí. Mientras vaciaba las primeras copas y antes de perder la consciencia. Disparando frases como estas: «vendí la máquina de escribir para emborracharme y apenas tengo para beber», y «poseo una honestidad fruto de las putas y los hospitales que no me permite fingir ser algo que no soy».

Claro que esta fórmula de alternar sobriedad y ebriedad no funcionó de la misma manera para todos. Grandes escritores y grandes alcohólicos han sido a menudo sinónimos, distinguiéndose unos de otros no en el beber, sino en el modo de trabajar. Unos necesitaban el bar lleno y el bullicio a su alrededor, como el hermano de muchos hermanos crecido en una familia numerosa, bulliciosa, y con casa pequeña. José Hierro se encerraba a diario en el bar de obreros La Moderna, incluso en sus últimos días, cuando empujaba el carrito con la bombona de oxígeno. Escribía y soplaba chinchón, sin quejarse, aborreciendo tan solo escribir en casa. Porque habituado de joven a que sus hijos le interrumpieran constantemente con los deberes, o con cualquier otra petición, no toleraba la quietud ni la calma. Los poemas, dejó dicho, surgen «al hilo del vivir» y él vivía entre partidas de tute, ruidos de máquina tragaperras, cafetera, y arrastrar de sillas, voces, bullicios. Poesía de bar.

Tampoco hay que despreciar a quienes prefieren la tranquilidad absoluta, el silencio y el pijama. Caprichos de la mente. Ernest Hemingway, ejemplo y maestro, precisaba ambas cosas, pero ambas en el bar. El ruido le importaba un comino, incluso el baile a su alrededor, pero era extremadamente exigente con que el ambiente del local cuadrara con lo que estaba escribiendo. Sus primeros cuentos, Adiós a las armas, y Fiesta, fueron escritos íntegramente en bares, con ingentes cantidades de ron Saint James. De hecho esa bebida le acompañaría, el ron, no la marca, durante el resto de su vida hasta el final. Pero es que además el autor establecía su centro de tertulias y punto de lectura en cada local. Fue en un bar donde leyó, y quizá fue el primero en hacerlo, el manuscrito de El Gran Gatsby, mientras Francis Scott Fitzgerald esperaba paciente y nervioso que lo acabara. Sin parar de beber. Las malas lenguas aseguran que Hemingway demoró su lectura confiado en que si tenía una mala crítica para ella, Fitzgerald no estuviera en condiciones de entenderla.

William Faulkner llevó todo esto un poco más allá, y además se ocupó de explicarlo minuciosamente, aunque es difícil decir si lo expresó como su ideal de vida para un autor literario, o es que realmente le había sucedido. Haciendo referencia al mejor empleo que le habían ofrecido jamás, el de gerente de un prostíbulo. Deseable porque un empleo, en general, libraba a un escritor del temor y el hambre, su habitual compañía. Y porque el trabajo en sí, llevar las cuentas y sobornar a la policía, no era muy exigente. Y lo más importante, porque las mañanas eran muy tranquilas, ideales para escribir, y las noches jugosas como para obtener ideas. En esta afirmación se descubre que en realidad el autor bebía muy poco, pero estaba empeñado en crear un mito, en ser percibido como un hígado prodigioso más, un Fitzgerald o un Hemingway, porque era lo que los lectores esperaban de un escritor de moda. Basta leer las entrevistas que le hicieron en Francia, donde contradijo absolutamente lo del prostíbulo, contado en Estados Unidos. En ellas asegura que siempre escribe de noche, acompañado de mucho whisky, y que a menudo, al día siguiente, ni él entiende las frases que ha redactado. Retratarse como un bohemio ante los franceses, bebedor de whisky como buen estadounidense del sur, resulta demasiado evidente y demasiado personaje. Poco creíble si consideramos que así es como explica la corriente de pensamiento del discapacitado mental Benjy que arranca El ruido y la furia. Algo que solo muy pocos escritores han sido capaces de conseguir, y eso en plena posesión de sus facultades y capacidad técnica. O lo que es decir lo mismo, más sobrios que un palo.

En el bar pero no gracias al bar.

El último libro que escribió el considerado como uno de los mayores y más influyentes narradores del siglo XX, y el más aficionado al alcohol de todos -murió de problemas provocados por su alcoholismo- fue La leyenda del santo bebedor. Es una autobiografía final, una leyenda en la mejor tradición de las fábulas europeas, y también el testamento del mayor ejemplo de escritor bebedor que escribía preferentemente en las terrazas de los bares, copa tras copa de absenta. Joseph Roth. Con apenas cuarenta y cinco años y el aspecto de un hombre de sesenta, había desarrollado una completa dependencia y llegado al grado máximo del alcoholismo, el delirium tremens, cuando escribió su obra final. Y pese a haber perdido debido a esa enfermedad su capacidad intelectual, conservaba la extrema habilidad en el oficio de narrar. Pero ya muy alejada de la extensión y profundidad de otras de sus obras de madurez, como Confesión de un asesino.

Roth, paradigma de escritor alcohólico, es el perfecto ejemplo de que el escenario y la sustancia estimulante que acompañe el acto de escribir suelen ser independientes de la literatura. Hay muchos autores equiparables a él por haber convertido la bebida en una parte indispensable de su vida, por la repercusión de su obra, y por desarrollar síndrome de abstinencia. Y dos de los más interesantes en este aspecto son Edgar Allan Poe y Carson McCullers, aunque en su caso los bares no eran su puesto de trabajo habitual.

Poe aseguraba que el alcohol ni le inspiraba ni le ayudaba, simplemente le libraba de la angustia que residía en su mente. McCullers lo empleaba con la misma finalidad, pero por un motivo físico. Desde los diecisiete padeció dolores crónicos que la acompañaban desde que despertaba a la hora de dormir. Ambos iban bebiendo mientras escribían, y seguían bebiendo en los pubs y locales a los que acudían después de escribir. Y esta es la verdadera clave de todo. El acto pasivo, asocial y solitario que supone escribir.

El vampirismo, la no vida. Hemingway cuando estaba trabajando en su texto se perdía el entorno, por mucho que diera tragos a su bebida de vez en cuando, como hacía McCullers en su habitación. Una vez terminado el trabajo necesitaban, por su personalidad, como Roth, Fitzgerald o Faulkner, disfrutar una intensa vida social para encontrar placer en la vida. Corrían a los bares. Lo mejor que produjeron no nacía de allí, aunque lo inspirara, y que lo trabajaran allí no lo hizo mejor. Pero cuánto más gana a ojos del lector ese texto genial si lo sabe producido por un autor de vida bohemia, adicto y atormentado.


 SOBRE EL AUTOR


MARTÍN SANCRISTÁNperiodista, escritor y creador de contenidos editoriales. Colabora en JotDown Magazine y en la Revista cultural El Ciervo. Es autor de "La guitarra de Quefeo" (novela infantil); "Shakespeare y Cervantes, diferentes parecidos", y "Su Santidad pecadora, secretos de los papas de Roma". Ha sido galardonado con el premio DIPC de divulgación científica 2017, el Enrique Ferrán 2018, y el Altazor internacional de novela.

05 julio 2019

Continuar escribiendo, para sobrevivir a la muerte

Fesal Chain | El Universal Chile

Aquellas personas que no son artistas, rara vez entienden lo que Faulkner plantea como la angustia suprema del creador: "El artista es responsable sólo ante su obra. Será completamente despiadado si es un buen artista. Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe librarse de él. Hasta entonces no tiene paz. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro. Si un artista tiene que robarle a su madre, no vacilará en hacerlo...".Lo ejemplifica descarnadamente, probablemente muchísimo mejor que lo que yo podría hacerlo y por ello ocupo sus palabras.

El sueño, ¿cuál es mi sueño? Cuando era más joven, pensaba un tanto presuntuosamente, que la literatura chilena era por sobre todo una literatura oligarca. Es decir que los grandes novelistas nacionales, aún cuando eran capaces de mostrar la miseria y el sufrimiento del hombre y la mujer común, lo hacían desde la particular mirada de ellos como dominantes. Dominantes que no deseaban serlo o dominantes (valga la reiteración) que deseaban tener una mirada panóptica, más amplia que la de cualquiera que escribe solamente desde y para su tribu.

Así, mi sueño literario era más bien desarrollar una literatura clasemediera, supuestamente inédita. Claro, literatura proletaria no podía ser, ya que no soy proletario, así de simple. Sin embargo, en el intertanto es decir en más de veinte años, me encontré con fantásticos novelistas y narradores, que por supuesto ya habían cumplido la misión. Carlos Cerda, por nombrar al que considero uno de los exponentes más brillantes de una literatura de la clase media chilena. Claudio Giaconi, por nombrar a quien fue capaz de sacarnos abrupta y genialmente de una literatura naturalista. De la proletaria o social, basta con nombrar a Manuel Rojas o a Nicomedes Guzmán.


De esta manera, mi sueño no sólo lo habían soñado otros, sino que lo habían puesto en marcha verdaderos gigantes de la palabra. Por otra parte me adentré en la poesía como un camino "natural", pero la dictadura hizo su trabajo y me convocó a la sociología y la política con la misma pasión con la que me había llamado la palabra. Fueron años de un tira y afloja monumental entre la acción y reflexión política y los textos literarios propios y ajenos. Como decía Volodia Teitelboim al respecto, y guardando las enormes distancias en todo ámbito, la política pasó a ser mi esposa y la literatura mi amante. Pero posteriormente hice una ecuación simple: antes de la dictadura existía en mi la literatura, durante la dictadura, no murió realmente, y posterior a ella, entre evaluaciones de proyectos, estadísticas inferenciales y de correlación y trabajo social comunitario, siguió la literatura empujando el carro interior con una fuerza avasalladora. Así que me dije a mi mismo: la literatura es permanente en ti Fesal.

Pero, ¿que es lo que empuja a la literatura que hay en mi? No podía ser entonces el sueño de hacer nueva literatura que ya existía y acaso esa racionalización, aún cuando ya estaba cumplida por otros, no ha detenido la fuerza y el ímpetu de escribir día a día. Vivimos en un mundo material, no cabe la menor duda, las relaciones sociales se imponen a rajatabla por sobre cualquier consideración. Y es bien sabido que la palabra escrita no es meramente reflejo de aquello, es también una cierta anterioridad a todo. No como sería la existencia del dios de los cristianos, ni como una historia naturalizada, en donde el destino luminoso esta garantizado. Es anterior, como una especie de fuerza intelectual que niega el dolor.

Escribo para superar el dolor. Escribo para negar mi dolor y el de los que me rodean. Ese "de los que me rodean" no es ni mucho menos una opción anterior a mi mismo como un mesías sufriente. Es efecto de la supresión de mi propio dolor. Como me decía Jorge Marchant Lazcano en una breve conversación telefónica, y lo cito esperando no ser infidente, que los escritores somos personas infelices, con nosotros mismos y con los que nos rodea. Y digo yo, pero esta infelicidad no es una insatisfacción egoísta, ni tampoco una incapacidad de superación de nosotros mismos, no es producto de que el mundo no sea como nosotros queramos y de una cierta frustración infantil. No. La infelicidad del escritor es la infelicidad de la supresión de la belleza, del dominio de la fealdad y del sable, como decía Camus.

El mundo se ha ido transformando en una horrible creación humana. Parafraseando a Fidel Castro en la entrevista de Oliver Stone, me temo que no habrá un orden mundial y que todo será ingobernable y lleno de violencia y muerte. Los escritores aborrecemos la fealdad del mundo, no solamente las grandes devastaciones humanas, como los genocidios, la tortura, la muerte, el silenciamiento de las ideas, la cárcel y los psiquiátricos, el dominio de los mediocres, el sufrimiento de los pobres y de las grandes mayorías. También nos parece angustiante las pequeñas miserias a ojo común. La mujer vieja y desdentada pidiendo monedas en la escalera del metro, el niño vagabundo vendiendo flores en las veredas de una ciudad alcoholizada. La juventud popular deambulando por calles oscuras regetoneando y hablando grotescamente, en un argot carcelario muchas veces. El perro pitbull del narcotraficante y al narcotraficante mismo caminando como un perro pitbull por las calles de un país fascista.

Pero sobre todo nos parece aborrecible nuestra propia fealdad, la distancia que podemos imprimir entre las hojas de nuestros libros y nuestra vida cotidiana. Nuestro desamor, nuestras egolatrías, nuestras querellas intestinas, nuestros automatismos y neurosis. Es que el mundo pareciera ser una criatura impulsada por bacterias y demonios, que lucha por no descomponerse y que la salida que ha encontrado es meramente un placebo, una aspirina al dolor de cabeza permanente de los humanos arrastrándose entre seres humanos no dirigiéndose la mirada, con la cabeza en el suelo, como reptiles de un tiempo ido.


Escribo contra toda fealdad y me gustaría que la belleza adornara balcones y plazas, pero no aquella hecha solamente de estatuas y figuras blancas muertas. No. Tampoco aquella de una igualdad radical y de masas siempre luchando contra bestias existentes e inexistentes. Tampoco la de la democracia perfecta, la del ágora en que todos y todas llegan a hermosos acuerdos y a desenterrar el amor definitivo. Nada de aquello ni todo lo contrario. La belleza de un nuevo ser humano, auto convencido de que vale más un diálogo donde esté presente ante todo, la búsqueda del sentido de la vida, del ser de las cosas y de uno mismo, que el obtener y controlar. Pero no es esto el deseo tan típicamente pequeño burgués de la negación de la fealdad como mero maquillaje, como esconder la mierda bajo los callejones o lavar al pobre y perfumarlo con un agua de colonia barata.

Se trata en virtud, de desentrañar la realidad contradictoria, de escudriñar en la más profunda carroña humana y desenterrarla para ponerla al sol y secarla hasta su agonía. Se trata de vernos y verme en la totalidad de nuestras contradicciones y de ser capaces de entender, de que aquello que enarbolamos como principios y valores rectores, no son sino meros deseos de aquello que no somos. No amamos la belleza sino porque no existe realmente, porque somos monstruos sagrados, pero monstruos al fin. No amamos la igualdad sino porque somos desiguales y antagónicos, no amamos la libertad y la fraternidad sino porque somos esclavos de nuestras intensas pulsaciones y dominios pre conscientes y no creamos deseos nuevos y relaciones que los destierren y porque quisiéramos darle una cuchillada metafórica o real a nuestros enemigos y también a nuestros amigos.

El sueño, ¿cuál es mi sueño? ¿Que empuja a la literatura que hay en mi? La necesidad de sobrevivir al mundo muerto y que se descompone día a día y de quedar en la vida de los sobrevivientes con mis textos. Pues como también dice Faulkner: A la vida no le interesa el bien y el mal. (...) Puesto que los seres humanos sólo existen en la vida, tienen que dedicar su tiempo simplemente a estar vivos. La vida es movimiento y el movimiento tiene que ver con lo que hace moverse al hombre, que es la ambición, el poder, el placer. El tiempo que un hombre puede dedicarle a la moralidad, tiene que quitárselo forzosamente al movimiento del que él mismo es parte. Está obligado a elegir entre el bien y el mal tarde o temprano, porque la conciencia moral se lo exige a fin de que pueda vivir consigo mismo el día de mañana. Su conciencia moral es la maldición que tiene que aceptar de los dioses para obtener de éstos el derecho a soñar".



 SOBRE EL AUTOR



FESAL CHAIN, es poeta y narrador chileno. El año 1985 estudia castellano en la Universidad Católica de Valparaíso. Desde el año 1986 hasta el año 1989 estudia Sociología y se titula en ARCIS. Durante los años 2001 al 2004 fue Jefe de Proyectos del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile e impulsor y colaborador de la revista Calíope, medio de los estudiantes de la Facultad de Letras. El año 2006 edita el libro "La sociología como arma de la resistencia", junto al artista visual Mauricio Bravo. Ha escrito varios libros de poesía, un ensayo de sociología, novelas breves y un libro de crónicas. Algunas de sus obras: Los Infelices, La Mariposa y la Rebelión, El Módulo, Tarde Quemada y Obra en Construcción.

05 septiembre 2018

W. H. Hodgson: Horror en el fondo del mar


William Hope Hodgson | Foto: Public Domain

A menudo los autores de obras de ficción no cuentan con la popularidad que merecen. Tal es el caso de William Hope Hodgson, sobre todo en los países de habla hispana, sin embargo es uno de los autores más importantes del siglo XX en el campo de la literatura fantástica. Lovecraft proclamó la admiración que sentía hacia su obra y subrayó su importancia: "Pocos autores saben, como él, bosquejar con palabras el acercamiento de las fuerzas innombrables y el asalto de los entes monstruosos".

Pero, ¿quién era Hodgson? Su biografía cabe en pocas líneas. Nació en 1875, en Inglaterra, hijo de un pastor del condado de Essex. Tenía una docena de hermanos y hermanas. Cuando todavía era muy joven abandonó a su fastidiosa familia y se embarcó…

Estuvo navegando durante ocho años, y la vida marinera marcó profundamente su imaginación. En el transcurso de sus tres vueltas al mundo, recibió la medalla de la Royal Human Society por haber salvado la vida de un náufrago.

William Hope Hodgson se sintió muy pronto atraído por la literatura. En 1907 publicó Las canoas de Glen Carrig. El éxito que obtuvo fue considerable, y le permitió emprender La casa del confín del mundo (1908) y Los piratas fantasmas (1909), novelas que, junto con la primera, componen una trilogía dominada por el mar y por los entes terroríficos que de él pueden surgir.


Dentro del mismo estilo, publicó después El reino de la noche (1912) y La cosa en las algas (1914). También aparecieron unas cuantas narraciones cortas y varios poemas. Cuando estalló la primera guerra mundial, W. H. Hodgson se encontraba en el sur de Francia con su esposa. Regresó a Inglaterra para alistarse y partió hacia el frente como oficial de artillería, formando parte de la 171ª brigada de la Royal Field Artillery. Su valentía le distinguió en los combates de Ypres, en Bélgica. Murió en Abril de 1918, a consecuencia de la explosión de un obús, a la edad de 43 años. Pueden hacerse cábalas acerca de lo que hubiera sido su obra: lo cierto es que había escrito todos sus libros en menos de diez años…

William Hope Hodgson | Foto: Public Domain
El mar, que desempeñó un papel tan importante en su vida, estuvo siempre presente en su obra. Para él, el mar era el generador de miedo por excelencia. Hay "cosas" agazapadas entre las algas, en las profundidades del mar de los Sargazos, pozo de tantos terrores. Para W. H. Hodgson, el marinero es el héroe ejemplar: suele encontrarse solo, perdido en medio de los elementos desencadenados, o de pronto extrañamente silenciosos, demasiado tranquilos, mientras que, a su alrededor, el mar de los Sargazos hormiguea de presencias innombrables. En cualquier momento la "Cosa" intrínsecamente maléfica puede surgir y apoderarse del desgraciado marinero.

El mar es lo desconocido, el gran creador de terrores y de angustias. Perdido en él, el hombre se enfrenta con aberraciones monstruosas y con entes surgidos de los abismos. El mar acoge además en su seno lo que no debería existir. Se transforma en otro universo, lleno de abominaciones inefables. Este tipo de obsesiones hacen que Hodgson se acerque a Lovecraft, también él angustiado por las criaturas llegadas del mar. Su estilo, tan eficaz como el del recluso de Providence, posee el mismo hechizo y deja en la memoria la misma inquietud subconsciente: los lectores de Hodgson y de Lovecraft no tienen más remedio que mirar al mar con otros ojos…

Avasallados por el horror, los personajes de Hodgson logran, sin embargo, luchar y resistir. No toda la esperanza está perdida. Los restos del naufragio pasan a ser el símbolo de una tierra de nadie a caballo entre el mundo de lo real y el universo de lo fantástico. En La casa del confín del mundo aparece, precisamente, una casa que sirve de puerta de acceso a otro mundo.

Las aventuras de Carnacki, "cazador de fantasmas" que merece un puesto en la casta de los "Sherlock Holmes de lo sobrenatural", junto a los héroes más lúcidos de Lovecraft o junto al John Silence de Algernon Blackwood, dan testimonio de la existencia concreta de un mundo ajeno al hombre. Carnacki se enfrenta sin cesar con temibles fuerzas psíquicas. Su arsenal para la lucha lo extrae de la magia: los siete círculos concéntricos, el pentagrama, un ritual desconocido, un manuscrito misterioso.

Pero Carnacki sabe asimismo aprovecharse de las adquisiciones de la ciencia moderna, lo que permitirá triunfar sobre el "verraco", terrible monstruo del exterior. Sabe, asimismo, detectar las supercherías de los humanos que quieren presentarse como seres sobrenaturales.

Las influencias de Hodgson sobre los escritores anglosajones del género fantástico ha sido considerable. Algunos de sus relatos cortos han sido publicados en la famosa revista americana Weird Tales.


Maestro de lo insólito y de lo fantástico, W. H. Hodgson puede considerarse como uno de los precursores de la ciencia ficción. En El reino de la noche, novela-río de más de mil páginas que se desarrolla en un futuro muy lejano, miles de millones de años después de nuestra época, la humanidad se halla encerrada en una pirámide y se aventura en el reino de la noche…

Obsesionado por los horrores que vienen del mar, perdido en el dédalo de sus pesadillas y de sus fantasmas, Hodgson no podía creer en una victoria duradera sobre las fuerzas de las tinieblas. Carnacki, su protagonista, nos precisa: "De momento, estamos sólo especulando en las fronteras de un país que desconocemos y que permanece lleno de misterios".

Narrador de lo fantástico, William Hope Hodgson conocía todo lo que el mundo puede encubrir. Sus libros constituyen una advertencia, un sublime consejo. Son el espejo en que el lector podrá contemplar hasta el infinito sus propios terrores.

26 agosto 2017

Luz de mi vida, fuego de mis entrañas


Vladimir Nabokov | Foto: Anagrama

La nostalgia, la obsesión, las luchas de poder que provoca la diferencia de edad. Absurdo insistir en que, a veces, una novela no es un artificio realista: es la realidad misma:

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía”.

Caí rendido a los pies de aquella nínfula cuando la conocí, siendo ambos adolescentes. Desde entonces, el libro que lleva su nombre se ha convertido en una de las pocas obras de ficción que leo una y otra vez, década tras década, y cada vez me parece diferente, como si su hacedor, el ruso, nacionalizado estadounidense, Vladimir Nabokov (San Petersburgo, 1899 – Suiza, 1977), y su heroína, me estuvieran persiguiendo de por vida.
Anagrama

A los cuarenta años de la muerte de su autor, he vuelto a leer Lolita (1955; Anagrama, 2016. Traducción de Francesc Roca) para rememorar “una y otra vez esos infelices recuerdos” de Humbert Humbert, el protagonista perseguido por la sombra tenaz del deseo, “la grieta que escindió [mi espíritu] hasta hacer que mi vida perdiera la armonía y la felicidad”. He vuelto a seguir el desafortunado periplo del pervertido en pos de su víctima con descripciones demasiado escabrosas para el placer (“Lolita era mía, la llave estaba en mi mano, mi mano estaba en mi bolsillo, Lolita era mía”). Cada instante de esa turbia relación ha sucedido de nuevo, frente a mis ojos.

Disquisiciones sobre la existencia humana salpican la narración, y le dan su borde irónico, afilado (“lejos de ser una indolente partie de plaisir, nuestro periplo fue un duro y tortuoso ejemplo de crecimiento teleológico, cuya única raison d’être (…) era mantener a mi compañera de un humor aceptable entre beso y beso”). Me he dejado engañar con placer por ese juego de manos donde se nos invita a creer que no estamos leyendo una historia inventada, sino un trozo de vida, sólo que, por supuesto, lo que estamos leyendo es ficción, basada en una obra original, cuya naturaleza sólo podemos adivinar. Una idea, a la vez simple y vertiginosa, que el autor de Pálido fuego (1962) ejecuta con la despreocupación de quien lanza una pelota al aire.

El presente deambula por las páginas de esta historia como lo haría un fantasma (“no concibo para mi miseria otro tratamiento que el melancólico y muy local paliativo del arte expresado con claridad y concisión”). Todo forma parte del apretado nudo corredizo del estilo al que nos tiene acostumbrados el narrador de, entre otras, Ada o el ardor (1969). Se abandona el lector a ese “deseo de hundir mi rostro en tu falda plisada, amor mío, sin segundas intenciones”. Las chispas de la prosa se unen para formar un todo complejo (“Rodé sobre él. Nosotros rodamos sobre mí. Ellos rodaron sobre él. Nosotros rodamos sobre nosotros”). Cada observación penetra en nuestra imaginación con la fuerza de un meteorito.

El viaje del abusador y la abusada a través de la geografía norteamericana no es sólo geográfico, sino también sentimental: arroja luz y reconocimiento a la locura en el corazón de esta deslumbrante saga. Pero toda trama es subsidiaria cuando un relato funciona a muchos niveles, como lo hace Lolita, un libro tan exuberante como controlado, tan ingenioso como alusivo, y, sobre todo, tan bien escrito. Puede ser muchas cosas a la vez: una historia de amor; una inquietante fábula sobre el maltrato infantil; un elaborado juego del lenguaje, en definitiva, entre el texto y el subtexto.


 SOBRE EL AUTOR


 JOSÉ DE MARÍA ROMERO BAREA, (Córdoba, 1972) es crítico de narrativa, poesía, ensayo y novela gráfica. Ha sido coordinador de las I Jornadas de narrativa Sevilla 2014, que organiza la Asociación Colegial de Escritores de España (A.C.E.), a la cual pertenece. Además, es miembro de la AAEC-Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios y coordinador de las I Jornadas de Crítica Literaria ACE-Andalucía 2014. Pertenece a la Asociación Cooltura, Acción y Poesía y a la Asociación Nueva Grecia, así como al Circuito Literario Andaluz. Colabora con sus reseñas, entrevistas y traducciones en publicaciones de ámbito nacional e internacional, entre otras: los diarios 'Andalucía Información' ('Veredictos', blog del autor), 'Mundiari', 'Luz de Levante', y 'Universo La Maga'; las revistas de divulgación 'Culturamas' y 'Tendencias 21'; las revistas de literatura 'Quaderni Iberoamericani' (Italia), 'Resonancias' (Francia), 'Letralia' (Venezuela), 'Contratiempo' (EE.UU.), 'Nayagua' (Centro Poesía José Hierro), 'Sonograma' (Barcelona), 'El Placer de la lectura' (Madrid), 'Piedra del Molino' (Cádiz) y 'Nueva Grecia' (Sevilla), de cuyo consejo de redacción forma parte. 

24 agosto 2017

Albert Camus en Menorca

Albert Camus | Domino Publico


Entre el 29 de abril y el 1 de mayo, se celebró en Sant Lluís, pequeña población de Menorca, los Encuentros literarios mediterráneos Albert Camus. Tres días, más de treinta ponentes, cinco mesas redondas y 10 conferencias para conmemorar el 60 aniversario de la concesión del Nobel de literatura al autor y analizar desde diversos enfoques su poliédrica (vida y) obra. Estas actividades se desarrollaron en la sala polivalente bautizada con el nombre de Albert Camus. Una redundancia que incide en la ascendencia menorquina del escritor.

En el muro de esta elegante sala de actos se puede observar lo que se denomina una cartografía sonora, es decir, una enorme representación física del sonido cincelada en la fachada. Produce una alegría propia de las paradojas contemplar lo efímero capturado y expuesto ante el lento paso de los días. Voces produciendo juegos de sombras con su volumen. Ecos en la piedra; ecos de la vida fugaz de Albert Camus apoderándose de Sant Lluís. Y junto a esa sólida reverberación, una gran lona que anunciaba los encuentros con una instantánea del autor, quizá jugando a fútbol, expresando a la perfección su carisma: un equilibrio novelesco entre intelectual, hombre de acción y seductor; una mezcla de Peter Pan y Humphrey Bogart, capaz de discutirse con Sartre y de marcar un gol por la escuadra. Había imágenes suyas también por las calles de la localidad, extraídas de la célebre fotografía tomada por Cartier-Bresson, colgadas de las farolas, como un niño travieso en plena fiesta mayor, con un aire rebelde y un punto inocente que en sí ya era un gran homenaje. Camus, Camus por todas partes. Era incluso sorprendente (se diría que algo totalmente fuera de lugar) que muchos vecinos no llevaran gabardina, ni discutieran sobre mitos griegos, ni fumaran Gitanes o Galoises.
(Por cierto, hace un año saltaba la noticia que en Francia querían prohibir la venta de estas marcas de tabaco, las favoritas de celebridades como Gainsbourg y los existencialistas franceses, por ser -literalmente- demasiado cool).

Sin embargo, Camus nunca estuvo en Menorca. Se tiene constancia de una visita que realizó en 1935 a Mallorca e Ibiza, cuando contaba 21 años, acompañando a su primera mujer, pero nunca paseó por Sant Lluís. Fue la abuela materna del escritor quien nació en el pueblo, aunque de pequeña emigrara ya a Argelia, donde nacería su hija Catalina y su célebre nieto. Camus escribirá en sus Carnets que las islas baleares se abren como flores en el Mediterráneo pero poco pudo disfrutar de su aroma. El autor prometió no volver a España hasta que Franco fuera derrocado y, lamentablemente, el dictador le sobrevivió 15 años. Camus murió cumpliendo su promesa en 1960, a los 46, en una carretera de la Borgoña. Según se dice, el escritor afirmó un día antes de su muerte que “no había nada más idiota que morir en un accidente de tráfico”; cita que ha producido horas de un oscuro placer intelectual masoquista a los seguidores de uno de los mayores teóricos del absurdo.

Sant Lluís es una isla en una isla. Es la única localidad fundada precisamente por franceses durante las tres décadas que controlaron Menorca. Es el único lugar del mundo en el que se puede jugar a la Bolla, una mezcla de petanca y de compleja ciencia exacta. Como todos los juegos de verdad, la Bolla es algo muy serio. No es de extrañar que el bar que acoge la última pista para practicarlo se encuentre en la avenida principal del pueblo, junto a la Sala Albert Camus. Sant Lluís es una isla, una isla blanca con casas encaladas de no más de dos pisos. Una ordenanza municipal prohíbe construir más alto, lo que ha permitido esquivar delirios inmobiliarios, respetar la historia del pueblo y conservar ese encanto rural que tanto saben apreciar los urbanitas, los turistas y los participantes en jornadas literarias. Sólo el centro geriátrico rompe la norma, alzándose sobre el resto de casas, acogiendo la mayor densidad de población de la localidad, rivalizando con la iglesia para tocar el cielo. Y enfrente, la escuela. La vida comprimida en dos esquinas.

Entre los asistentes había muchos francófonos, también bastantes jubilados locales, profesores de instituto y del ámbito universitario peninsular, descendientes de los pied noir y, sobre todo, los propios participantes en las charlas. Pied noir era el término con el que se denominaban a los ciudadanos de origen europeo en Argelia antes de su independencia en 1962, cuando aún era colonia francesa. Una minoría extraña, en su mayoría pobre -como la familia de Camus- pero vinculada al poder colonial por estar desgajada de los árabes y bereberes (-amazig).

Así, la media de edad de los presentes era elevada, tan sólo discutida por unos pocos, la mayoría periodistas. El acto estaba apadrinado por Miguel Ángel Moratinos quien, aparte de su trayectoria como político, acumula un itinerario intelectual y diplomático imponente. No obstante, ver en primera fila a un exministro junto a otras autoridades públicas, aguaba las soflamas dirigidas a despertar al hombre rebelde que todos llevamos dentro… El resto del cartel era un lujo. Académicos prestigiosos (Carlota Vicens, Agnès Spiquel, Guy Basset) y autores consagrados (Javier Reverte, Manuel Vicent, Amin Maalouf), por nombrar sólo a algunos. Junto a la intelectualidad europea, dialogaron perfiles (anti-)(post-)coloniales: activistas, novelistas y poetas de Argelia (Yasmina Khadra), Palestina (Ghayath Almadhoum) o Siria (Samar Yazbek). El intercambio entre las ribas norte y sur del Mediterráneo produjo muchos de los mejores momentos.

Ya se ha dicho que estas jornadas se anunciaban como mediterráneas, un espacio físico y espiritual que ocupó los esfuerzos teóricos y vitales de Camus. Y, en efecto, había en este encuentro una voluntad de ser mediterráneos. Aunque no se sabía muy bien qué se quería decir con eso. Los expertos hablaron de ello durante horas: el concepto se mostró resbaladizo. Camus conceptualizó esta idea de mediterraneidad con una profundidad y una ambigüedad délfica en el denominado “pensamiento del mediodía (o meridional)”. El escritor hizo gala de una fuerza expresiva propia de los mejores mitos griegos: fue hipnótico, críptico y consiguió inventarse un mundo.

Ítaca, nóstos y patria. El retorno al hogar y el hogar como ideal. La patria no como origen, sino como destino. A estos conceptos dedicaron gran parte de las primeras charlas. Françoise Kleltz-Drapeau, en una excelente exposición sobre el pensamiento del mediodía, vinculó lo meridional con el mesotés aristotélico. La mediterraneidad sería así una serenidad crispada, la medida justa entre lo apolíneo y lo dionisíaco, la asunción de la vida en sus contradicciones. Manuel Vicent, por su parte, compañero de generación de muchos de los presentes, gran orador, definió durante su intervención el “homo mediterraneus como una inocencia sin Dios y una moral sin culpa”. Había en el ambiente cierta excitación por saber qué somos, por “conocer la medida de uno mismo”, por dotar de una esencia reveladora a la cacareada y conocida existencia del Mediterráneo. Y entonces sucedió: las mesas redondas y las conferencias se desarrollaban en catalán, castellano, francés, árabe (e inglés) y, gracias al excelente trabajo de los traductores, todo el mundo se entendía, y todo el mundo amaba -a su manera- a Camus y, por unos instantes, se experimentó la fraternidad y el entusiasmo de un reencuentro, un vivo sentimiento de comunidad, y hasta el último de los presentes se sintió parte de una nación mediterránea.

Pero quizá no fuera más que el destello del mediodía sobre el agua. En el mejor de los casos, el Mediterráneo es el patriarca de una familia mal avenida. Y tratándose de Camus, polemista icónico, actor y testigo de su tiempo, como rezaba una de las charlas, estas jornadas no podían ser plácidas.

Uno de los grandes atractivos de la obra camusiana es esta reflexión acerca de lo mediterráneo. Y no sólo por su fuerza teórica, sino porque dignifica una región que en las últimas décadas ha sido vapuleada por sus vecinos del norte. El club mediterráneo de los vagos latinos, de los PIGS… Camus advertía ya en los años cincuenta que los intelectuales franceses se habían dejado obnubilar por los filósofos alemanes. “No sois dignos de la herencia griega”, decía (aunque dicha herencia fuera retomada y reformulada por autores teutones en el XIX). Medio siglo después, la vieja Grecia está en ruinas y maniatada por sus propios errores, sí, pero también por las (des)medidas de la troika en una Unión Europea germanizada. Contra ello, el pensamiento mediterráneo confiere una épica, una identidad en la que reflejarse que no viene mediatizada por la moral de deuda y culpa de ningún Banco Central. Camus, como el mejor de los guionistas de Hollywood, proporciona -actualiza- nuevos -viejos- mitos.

Pero el Mediterráneo tiene dos orillas, la norte y la sur. Y resulta que el mare nostrum también es suyo, de los otros. Y éstos también hace tiempo que se sienten vapuleados por sus vecinos del norte (es decir, por el sur de Europa). Camus, como pied noir y a la vez representante del café de los existencialistas parisinos, tenía un pie en cada costa y siempre reivindicó el mediterráneo europeo y africano, ese continente líquido rodeado de tierra. Javier Reverte, que como se ha señalado era uno de los ponentes, ha escrito un libro sobre Camus titulado El hombre de las dos patrias. El autor madrileño, al escuchar los vínculos del premio Nobel con Menorca, hizo broma al admitir que probablemente debería haber titulado la obra como el hombre de las tres patrias. A priori, esta identidad híbrida del homenajeado tenía que facilitar el entendimiento entre pueblos mediterráneos. Pero también podía hacer estallar sus contradicciones. Y en algunos momentos, así ocurrió. Camus era un amante del matiz, incluso hasta extremos provocativos, como aquella vez que afirmó, cuando le preguntaron sobre los atentados proindependentistas en Argelia, que “si debía escoger entre la justicia y su madre, se quedaba con su madre”. Nadie le rio la ocurrencia. El imperialismo, el capitalismo y la guerra son excesos de (ir)racionalidad en los que el pensamiento del mediodía queda totalmente ofuscado.

Las exposiciones de los participantes postcoloniales (del sur del sur) suscitaron incomodidad en algunos ponentes y, en alguna ocasión (pocas), reacciones airadas de los asistentes. El poeta de origen palestino Almadhoun recitó, en prosa y en verso, que no perdonaba a Camus que no se posicionara abiertamente a favor de la Revolución Argelina (fue el primero en nombrar de este modo a lo que hasta ese momento se había llamado Guerra de Argelia). La activista y novelista siria Samar Yazbek, delante del señor Moratinos, sentenció que la Alianza de Civilizaciones era una tomadura de pelo que sólo se podían permitir las antiguas metrópolis. El hombre rebelde se mostraba ahí en todo su esplendor, deconstruyendo las estructuras de poder y sus discursos, pero fue demasiado para aquellos que entienden la medida justa como tibieza, conservadurismo o mediocridad. Una ponente (francesa) admitió que Francia era la vecina orgullosa del sur y, lamentablemente, algunos compatriotas le dieron la razón al manifestar su indignación y no entender la lógica emancipadora que, con todas sus aristas, allí se desplegaba.

Esta fractura norte-sur, en clave mediterránea, es contemporánea de Camus. El propio Javier Reverte explicó que, en su visita a Argelia, la gente le decía que no apreciaba a Camus, que no era uno de los nuestros, que “para él sólo éramos los árabes”. Sin embargo, en el turno de réplicas, un asistente argelino quiso suavizar esta percepción y aseguró que, como él, muchos en Argelia recordaban y admiraban al Nobel pied noir. Los aplausos limaron asperezas y relajaron el ambiente. En el fondo, estas jornadas debían ser una celebración y, es posible, que el enfado de unos cuantos asistentes no fuera más que decepción, o miedo, porque pocas peleas producen más tristeza que las que se dan en una fiesta. La audiencia quería estar de acuerdo, impregnarse de literatura, picotear entre conceptos que reconfortan como reconfortan los consejos pausados de un padre, realizar un crucero de ida y vuelta a Ítaca y disfrutar de un mar en calma que tenía más en común con la publicidad de Grimaldi que con la catarsis de una tragedia griega. Pero el Mediterráneo, tal y como advertían los ponentes siguiendo la obra camusiana, se balancea entre la armonía y el caos; no es un anuncio de cerveza ni una piscina con buffet libre, sino una belleza preñada de destrucción, como las sirenas de la Odisea. Hoy la isla de Ítaca está rodeada de muertos. Mare mortum.

Uno de los objetivos de estos encuentros era promover un diálogo entre Camus y los retos actuales que debe afrontar el arco mediterráneo. Evidentemente, la crisis de los refugiados fue uno de los temas más analizados. Samar Yazbek introdujo una distinción muy sugerente entre exiliado y refugiado. La elaboración de dicha diferencia fue confusa (quizá se perdió algo en la traducción desde el árabe) pero fue suficiente para entender que los millones de exiliados desparramados por mar y tierra no pueden ser considerados refugiados hasta que realmente se hagan con un refugio. Y un refugio no es una tienda de campaña en tierra de nadie, entre fronteras, sin estatus legal, mera biología bajo sospecha. Y por supuesto, la crisis de los exiliados no es su crisis, sino la crisis de Europa.

Si para avanzar hay que mirar hacia atrás, señaló el escritor catalán Jordi Coca, el futuro de Europa y del Mediterráneo pasa por el legado de Camus. Periodista, dramaturgo, novelista, ensayista… el autor franco-argelino(-balear?) produjo en tiempo récord una obra extensa y heterogénea de la que pueden extraerse multitud de aprendizajes y herramientas para lidiar con las incógnitas que deparan presente y futuro, pero también, con los retos que aún hoy plantea el pasado. Y en este punto todos los allí reunidos estuvieron de acuerdo: Albert Camus es un guía moral ineludible (sin caer en la tentación de canonizarlo o momificarlo, que es más o menos lo mismo).

Por desgracia, no se pudo asistir a las últimas charlas con títulos tan sugerentes como Sentido actual de los mitos antiguos en Camus; Sol creador; Pensar el Mediterráneo, ¿qué luces sobre el mundo? Camus no se acaba nunca y nadie afín querría despertar de ese mediodía mediterráneo… Pero el mar está regulado por compañías aéreas privadas que parecen inmunes a los castigos debidos por su conspicua hybris. Y había que tomar un avión. Pero por lo que se vio, puede decirse que las charlas cumplieron las expectativas teóricas y conceptuales que garantizaban los nombres propios de los ponentes. Dicho lo cual, debería señalarse un defecto de forma. Es decepcionante que muchos de los participantes se sentaran delante del auditorio a leer seis folios sin levantar la vista del papel, casi sin entonación, casi sin estar ahí.

Los ponentes deben venir leídos de casa. Su trayectoria intelectual les exige (les permite) mayor riesgo. Muchos son profesores y están acostumbrados a hablar en público. Además, sentarse a declamar un paper es una actitud muy poco mediterránea, casi un desaire a Cicerón y, de nuevo, una sumisión a tradiciones universitarias de otras latitudes. No puede ser que se anuncien tres personas en un formato de mesa redonda y, a la hora de la verdad, se articulen tres monólogos nítidamente compartimentados, casi alérgicos entre sí. Junto con algunas conferencias magistrales, y al lado de ponentes díscolos que se aventuraron en el territorio ignoto de la improvisación, las jornadas brillaron en esos instantes en que se rompió el corsé del texto corrido y se establecieron debates y conversaciones entre los asistentes, arriba y abajo del escenario.

Lo que hay que leer es la obra de Albert Camus. Y reuniones como esta fomentan la curiosidad por nuevas lecturas y enriquecen las ya realizadas. Es un placer raro ver a un auditorio lleno escuchando y aprendiendo de intelectuales de talla internacional. Parece un imposible felliniano admirar las calles empapeladas con el rostro de Camus. Sin duda, fue un encuentro emotivo y a contracorriente, casi un bello acto de resistencia. Los asistentes salían hinchados de las charlas, la mirada efervescente, se cruzaban con los parroquianos del bar la Bolla y, de algún modo, ambos grupos se reconocían. En el fondo, durante ese fin de semana en Sant Lluís coincidieron dos especies en peligro de extinción, dos tipologías extrañas de rebeldes, dos formas -serias- de jugar amenazadas por los envites del presente. Pero está claro que el juego debe continuar. Y por muchos años más.


 SOBRE EL AUTOR


 CARLES NAVARRETE CANALS, Licenciado en Humanidades (UPF), máster en Pensamiento Contemporáneo (UB), máster en Edición (IDEC-UPF), posgrado en Análisis Filosófico, Político y Económico del Capitalismo (UB). Galardonado con el premio Arnau de Vilanova de filosofía en 2009. Finalista del premio Vent de Port. Ha participado en diversas publicaciones colectivas y colabora de manera anárquica con varios medios escritos. Procura llevar al día el blog Pensament Fungible. En la actualidad, trabaja en el Institut Ramon Llull. 

12 mayo 2015

El dolor del mundo cotidiano en “Altura y Pelos”

Dezeen Strawscraper | Belatchew Arkitekter

El poeta peruano César Vallejo (1892 – 1938) es considerado como uno de los más grandes e innovadores poetas latinoamericanos del siglo XX. Sus obras poéticas pasaron por tres etapas: modernista, vanguardista y revolucionaria. El poemario Poemas humanos, escrito al final de su vida y publicado póstumamente, incluye el poema “Altura y pelos” que es de índole vanguardista y revolucionaria (social). El tema central del poema es el dolor de nacer en un mundo cotidiano. En el título del poema, la palabra “altura” sugiere la grandeza figurada del individuo y “pelos” la realidad dolorosa de que la grandeza física se limita a la altura de la cabeza con algo tan mundano como el cabello.

El poema se desarrolla en un espacio urbano e inicia con la voz poética preguntando, “¿Quién no tiene su vestido azul? / ¿Quién no almuerza y no toma el tranvía, / con su cigarrillo contratado y su dolor de bolsillo?”, en estos versos, la voz poética habla de la cotidianidad del hombre común, de la posesión básica e indispensable como lo es la vestimenta, al igual de la necesidad de alimento y transporte, de los pequeños placeres o adicciones (fumar), y de los problemas económicos (dolor de bolsillo). El trasfondo de estas preguntas es de quién no hace lo habitual, por lo que la voz poética responde “¡Yo que tan sólo he nacido!” En esta exclamación repetida, enfatizando el dolor, la voz poética se refiere a la soledad física en la que ha nacido, que nació solitaria dentro de lo cotidiano.

En la segunda estrofa, la voz poética agoniza más y ahora cuestiona las acciones intimas de los individuos como el de enamorarse (“¿Quién no escribe una carta?”) y de la relevancia de tales individuos (“¿Quién no habla de un asunto muy importante,”) dentro de una monotonía (“muriendo de costumbre”) donde todo lo que le sucede o dice, se repite y le suceden a todos (y llorando de oído?). La voz poética una vez más responde doliente dos veces, “¡Yo que solamente he nacido!” En esta exclamación, le duele el hecho de haber nacido, involuntariamente, dentro cotidiano.

En la tercera y última estrofa, la voz poética cuestiona la falta de identidad propia del individuo (¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?”) y la aceptación de lo establecido, de utilizar el lenguaje para definir las cosas (“¿Quién al gato no dice gato gato?”). A diferencia de las estrofas previas que repiten sus últimos dos versos, en ésta concluyente, hay una pequeña diferencia. El penúltimo verso exclama “¡Ay, yo que tan sólo he nacido solamente” y en el último verso “¡Ay!, ¡yo que sólo he nacido solamente!”, aquí la voz poética enfatiza la impotencia en el “¡Ay!” en una breve pausa con el uso de la coma, dando una conclusión aún más dolorosa.

En estos versos finales, donde combina las interpretaciones de nacer “solo” (de soledad) y “solamente” (únicamente), la voz poética da entender que el simple hecho de nacer, el individuo está condenado a vivir en un mundo cotidiano, donde estará solitario; la voz poética quiere simplemente quitarse toda esa culpabilidad de haber nacido solitaria e involuntariamente dentro de la cotidianidad del mundo.


 SOBRE EL AUTOR


 ELVIS DINO ESQUIVEL(Estados Unidos, 1986) Poeta y actor. Graduado de CSU Fullerton. Es veterano de la Marina-Armada estadounidense. Entre sus obras se encuentran, Llantos del silencio (Solar Empire Publishing, 2011) y Sólo lloré en otoño (Solar Empire Publishing, 2008), además sus poemas se han publicado en diversas antologías de Argentina y Chile. Algunas de sus actuaciones en el cine incluyen Ted 2, This Is Our Time, The Insomniac. Actualmente reside en Madrid, España. Para más información visite elvisesquivel.com.

Análisis de "El gato negro" de Edgar Allan Poe

The Black Cat | Anna Pędzik

"El gato negro" de Edgar Allan Poe no es un relato tan conocido como otros del autor, pero es uno de los más llamativos de su producción. Fue publicado en el periódico Saturday Evening Post de Filadelfia el 19 de agosto de 1843. En este se narra la historia de un hombre que vive junto con su esposa, y varios animales, entre los que destaca un gato. Es una vida bastante hermosa pero la bebida hace sus estragos y la historia se va haciendo cada vez más precipitada.

Poe examina la psicología humana profundamente, describiendo con su narrativo los más profundos procesos del interior de la persona, esos sentimientos que pueden surgir en cualquier momento como respuesta a un acontecimiento. En su cuento, el personaje es usado como un vehículo para representar las consecuencias que puede traer el abuso de alcohol. El narrador cuenta como gracias a la alcohol su vida se fue transformando poco a poco, dando lugar a a su trastorno y a la aparición del  desprecio hacia al animal, así como  las actitudes impulsivas e iracundas.  Ciertamente el narrador hace alusión a su gran amor por los animales, pero gracias a su vicio, este afecto da un giro de 180 grados y termina en rencor, alimentado por el desespero y la intolerancia,  lo que lleva incluso a actitudes perversas y que ponen en duda la integridad mental del individuo.

Precisamente, las actitudes que toma el hombre no son de una persona sana mentalmente. Pero es que su caída en las manos del alcohol, no le permite actuar como es debido. La actitud sádica e impulsiva y los deseos de deshacerse del animal de la forma en que lo hace dan muestra de su falta de lucidez.  El gato sólo era un animal común y corriente, pero no para su ya dañado juicio, y eso es lo que lo lleva a hacer lo que hace.

El hombre termina ahorcando al animal, para darle fin a todo su sufrimiento. Pero no todo lo extraño termina allí, en cambio se hace mucho más extraño con la aparición de extraños acontecimientos luego de ello. Su casa se incendia y el gato es encontrado dentro de la habitación. Aunque impactado al principio, el hombre termina por convencerse en pensar que alguien debió haberlo utilizado para despertarlo  a él y a su mujer mientras su casa estaba en llamas.

Cuando aparece el nuevo gato en la vida del hombre, un hecho misterioso, la historia se repite. Los mismos deseos embargan al hombre y le dan la idea de deshacerse ahora del nuevo gato. Pero las consecuencias de su intolerancia hacia el animal terminan en un peor escenario: cuando su mujer se atraviesa en el medio, su actitud perversa y sádica hace que se descargue con ella y la asesine. Ya en este punto, el horror se hace evidente en la historia.

Son ya dos acciones desmedidas como consecuencia de su locura, pero el hombre no se preocupa realmente por ello y esconde el cadáver de su mujer en la pared. Cuando más tarde es visitado por los fiscales para investigar la "extraña desaparición" de su esposa, su actitud serena se vuelve de vital importancia para tratar de convencer a los policías que todo está bien. Pero al final el mismo termina por descubrirse a si mismo, tras hacer que la pared se rompa y con ello libere el cadáver y, con un chillido "infernal" como el dice, el gato que tanto problemas le ha traído.

En este punto del relato la aparición del animal guarda relación con lo estipulado al principio: los gatos son en verdad en brujas disfrazadas. Bruja o no, lo cierto es que el gato termina convirtiéndose en una especie de castigo del que no puede deshacerse y lo que demuestra que le ha sido imposible salir ileso de sus incorrectas acciones. Es por ello, que las palabras con las que termina el relato, no pueden ser más significativas: «había emparedado al monstruo en la tumba».

Otro punto importante que hay que notar es que, en contraste, este relato tiene características que lo hacen similar a "El Corazón delator", otra de las obras de Poe. En ambos relatos, el narrador cuenta la historia de lo que le sucedió; hay la presencia de un detonante que trae como ln consecuencia la actitud del personaje, en el corazón delator, se trata del ojo del anciano. Finalmente, hay un abrupto desenlace que termina por sacar a luz sus sucias fechorías (el latido del horrible corazón del anciano, en el caso del corazón delator).

Ambos son relatos prácticamente hermanos, que nos muestran de una manera un tanto espeluznante, cuáles pueden ser las consecuencias de las no tan sanas actitudes del ser humano.

***

¿Y a a ti que te pareció el relato? ¿Hay alguna otra forma de comprender la psicología humana?


 SOBRE EL AUTOR


 CÉSAR RAMÍREZ, venezolano, estudió en la Universidad de Carabobo. 

09 mayo 2015

La importancia de las obras poéticas de Andrés Bello en la literatura latinoamericana

Andrés Bello | Raymond Monvoisin

Andrés Bello es sin duda una de las figuras más importantes e influyentes en la escena literaria de Latinoamérica, debido a su amplia obra que engloba las dinámicas más significativas vividas y experimentadas por él, en distintas épocas y distintos continentes. Bello, un pensador serio, profundo y disciplinado, de extensos conocimientos y con clara disposición al dominio de las leyes y del pensamiento humano, también poseía una gran sensibilidad por la naturaleza y la condición humana de sus conciudadanos, expresada muy claramente en sus múltiples obras poéticas.

La obra poética de Andrés Bello, está más que todo compuesta por poemas y silvas, todas cargadas de un gran amor por la literatura, un enorme entusiasmo por las ideas generosas, por el anhelo de crecer y de servir al prójimo. Si bien la mayor parte de su vida se desarrolló en el extranjero, sobretodo en Chile durante su etapa final, sus escritos siempre estuvieron profundamente cargados de atributos y cariños a su patria natal Venezuela, y siempre supo plasmar en su poesía la más hermosa expresión de nacionalismo y amor al terruño natal que jamás se haya escrito.

En efecto, Bello nunca desaprovechaba una oportunidad para hablar de las maravillas de su tierra natal, enmarcada siempre en su ineludible amor por la naturaleza; el paisaje de esta tierra madre que se convertirá en el tema fundamental de sus más grandes poemas. De allí que utilice la poesía como el medio para difundir su pensamiento, pues le concedió la oportunidad de expresar cada una de las cosas que sentía por su amado país, cada pensamiento y emoción que ese mundo único dejaba dentro de su ser y que sería el origen de su propia corriente romántica y neoclásica en Latinoamérica.

Dentro de sus obras más destacables, como lo son Alocución a la Poesía (1823) y Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida (1826) se evidencia la intención de Bello en llamar la atención de los latinoamericanos acerca de las posibilidades que tenían para desarrollar una próspera y renovada agricultura, de producir lo necesario para su propia subsistencia, criticando a aquellos que preferían dejarse llevar por una vida citadina, entregada a los vicios. Desde este punto se pueden denotar dos de sus más característicos rasgos neoclasistas: su gusto por la enseñanza moral y su profundo amor por el campo.

Los efectos que las obras de Bello tendrían sobre la sociedad y la literatura serían inevitables, sobretodo en el contexto de emancipación independentista en el que se desarrolló y que le permitió elevar el nivel del valor cultural de las naciones con pensamiento rebelde y con un increíble amor hacia la madre tierra que los vio nacer. Tanto fue su importancia, que se convertiría en luminaria de inspiración para futuros escritores venezolanos como Fermín Toro, Cecilio Acosta, Mariano Picón Salas, Arturo Uslar Pietri, Luis B. Prieto, Rafael Caldera o Rómulo Gallegos. Este último, Nos presenta en gran parte de sus obras más trascendentales, como Doña Bárbara, un particular énfasis en ese amor hacia la naturaleza y al campo, puesto en un contexto de batalla ideológica que nos da una muy clara y evidente reminiscencia de esas arraigadas ideas bellistas, de esa influencia neoclásica patriota y latinoamericana que Andrés Bello tanto enarboló y desarrolló en cada uno de sus poemas y escritos.

El alcance del trabajo de Andrés Bello dentro del desarrollo literario y del idioma en Latinoamérica es prácticamente inconmensurable, pues se convirtió en el bastión, en la piedra angular de muchas de las ideas de reivindicación de la patria grande, llegando a formar parte incluso en la inspiración y progreso de esa corriente tan enorme como lo es el realismo mágico en América latina, que si bien posee diferencias con el neoclasismo, mantiene clara y evidentemente esas ideas de exaltación de la belleza natural americana y el orgullo de las luchas emancipadoras, vistas desde el naturalismo más estricto, hasta la más abstracta idealización de las emociones y del ser.


 SOBRE EL AUTOR

 ELVIS DINO ESQUIVEL, (Estados Unidos, 1986) Poeta y actor. Graduado de CSU Fullerton. Es veterano de la Marina-Armada estadounidense. Entre sus obras se encuentran, Llantos del silencio (Solar Empire Publishing, 2011) y Sólo lloré en otoño (Solar Empire Publishing, 2008), además sus poemas se han publicado en diversas antologías de Argentina y Chile. Algunas de sus actuaciones en el cine incluyen Ted 2, This Is Our Time, The Insomniac. Actualmente reside en Madrid, España. Para más información visite elvisesquivel.com

07 mayo 2015

Conversar con Wilde

Oscar Wilde | Napoleon Saroni

Publicada en 1898, dos años antes de la muerte de Oscar Wilde, La decadencia de la mentira (Acantilado) se erige como un canto a la creación pura, a la belleza artística y al poder transformador del Arte. Se trata de un delicioso diálogo al estilo platónico con todas las trampas argumentales del filósofo griego. Con todas las modificaciones de la conversación para que el interlocutor diga, exactamente, lo que el autor quiere que diga para la correcta evolución del discurso del emisor. Con toda la diversión que la dialéctica platónica proporciona.

Trazando un posible paralelismo, Cyril, el personaje creado por Oscar Wilde, se convierte en ocasiones en el sofista Hipias de Élide para alimentar el canto a la belleza de Vivian:

“Si no es posible hacer nada para controlar, o al menos modificar, nuestra monstruosa devoción por los hechos, el Arte se volverá estéril y la Belleza desaparecerá de la faz de la tierra.”

En otras ocasiones, Cyril se torna en Ion de Éfeso, el rapsoda que planteó a Sócrates la duda sobre el origen de sus poesías, si se trataban de una creación artística o bien un producto de inspiración exterior. Wilde nos dibuja un personaje antinaturalista que defiende el arte como una creación pura, como un ejercicio absoluto de creatividad del artista, sin concretar el origen de esta creación. Este dilema platónico no le interesa a Cyril para quien lo verdaderamente importante es la creación.

“Crear significa urdir maravillosas mentiras para convertir el mundo en un lugar digno de nuestro asombro.”

Acantilado Acantilado El arte tiene que abrirnos los ojos y hacernos ver que la naturaleza, a pesar de la fascinación momentánea que nos produce por su inmensidad y su belleza salvaje que tanto cantaron los románticos, es en el fondo imperfecta y, por consiguiente, fea. El arte, prosigue Wilde a través de Vivian, tiene la función de intentar hacer el mundo mejor. Y por mejor, se entiende más bonito, no más justo. El concepto de justicia que Platón trazaba en La República y que conocíamos a través del diálogo con Glaucón, no tiene cabida en el pensamiento hedonista, elitista e individualista de Wilde. ¿Por qué debería tenerlo?

“Lo que esperamos de la literatura es la distinción, el encanto, la belleza y la capacidad creativa. No que nos torturen o nos asqueen con el relato de las andanzas de las clases inferiores”, afirma Vivian olvidando la necesidad, catártica y movilizadora, del retrato de las clases inferiores.

Aunque solo sea para dar a conocer la cruda realidad que es intrínsecamente camuflada u olvidada, convienen autores como Zola, Orwell, Tressell y demás para poner al descubierto las vergüenzas del sistema.

Pero, principalmente, en este texto, Cyril se disfraza del segundo Hipias y genera el diálogo sobre la mentira. La mentira entendida como la creación pura, sin interferencias ni imperfecciones impuestas por la realidad. “La moda de mentir ha caído casi en el oprobio”, afirma Vivian. La sociedad ha matado la mentira y ha caído en “el desconsiderado hábito de la exactitud.” Y no se debe caer en la tentación de creer que la mentira está salvada porque los políticos la preservan, esta duda ya la plantea Cyril y Vivian la bandea diciendo que los políticos no mienten, no crean, solo tergiversan la verdad, oscurecen el pensamiento.

Siguiendo con la idea de la necesidad de recuperar la mentira, Vivian hace un repaso de literatos internacionales que han cometido la desfachatez de caer en el verismo. El célebre doctor Jekyll de Robert Louis Stevenson, “se parece peligrosamente a un experimento extraído de la revista médica The Lancet”; “Henry James escribe ficción como si fuese un penoso deber”; Guy de Maupassant “despoja a la vida de los pocos harapos que todavía la cubren para mostrarnos llagas repugnantes y heridas purulentas”; los personajes de Zola “tienen vicios anodinos y virtudes más anodinas aún.” Y, por consiguiente: “las crónicas de sus vidas carecen del menor interés.”

El realismo es una burda imitación de algo que, según Vivian, según Wilde, no existe porque la naturaleza “es una creación nuestra y cobra vida en nuestros cerebros. Las cosas existen porque las vemos, y lo que vemos o cómo lo vemos depende de las artes que han influido en nosotros.” Es, pues, solo gracias a la mentira, a la creación pura y consciente, que podemos acceder a la belleza y, al mismo tiempo, contribuir a la creación de nuestra percepción de la realidad. Y si Wilde está en lo cierto y de nosotros depende la belleza de los años venideros, debemos preguntarnos si estamos haciendo lo suficiente o si nos espera un mundo de feísmo regido por una realidad sucia y carente de belleza.


 SOBRE EL AUTOR

 ROGER SIMEON es licenciado en Filosofía (Universitat de Girona) y Periodismo (University of Stirling). Autor y dramaturgo que ha estrenado obras en Barcelona (Tu i Jo, Els Convidats), Londres (You and Me) y Nueva York (Los columpios). Creador del blog literario 'Fitxes de lectura' y del teatral 'Moments de Teatre'. Para más información visite Rogersimeon.com.

La obra literaria Gustavo Adolfo Bécquer

Gustavo Adolfo Bécquer | Valeriano Bécquer

No he podido intentar desentrañar aquí todas sus rimas pues éstas son muchas, y es por ello que me visto obligada a hacer una selección: I, VII, XI, XVII, LIII, LVII, LXXVI. Me gustaría resaltar la labor de los amigos del poeta, pues fueron ellos los que ordenaron las rimas según los temas, y especialmente considero un acierto situar como primer poema la Rima I, ya que aunque esta no sea de una gran extensión, si que en ella podemos entrever la esencia del pensamiento becqueriano.

Hasta hace poco se consideraba a Bécquer casi exclusivamente como un autor de poemas, hoy se valoran en su justa medida sus leyendas, de clara inspiración popular y narraciones, en las que se aprecia una eminente parte poética. En su biblioteca sevillana se encontraban libros de Chateaubriand, Victor Hugo y Walter Scott, y también los españoles Espronceda y Zorrilla, entre otros.

Entre sus grandes proyectos se encuentra “La historia de los templos de España, cuyo modelo es “El genio del cristianismo” de Chateaubriand, pero sólo consiguió publicar un tomo dedicado a Toledo, fue también analista de su propia obra, fruto de ello son las “Cartas literarias a una mujer” (1860 – 1861), donde expone sus ideas sobre la creación artística, en esta línea encontramos también la “Introducción Sinfónica al Libro de los gorriones”, o su reseña a la obra de su amigo Augusto Ferrán.

Su obra ha marcado a autores posteriores como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Alberti, Lorca, Cernuda, Salinas ... Cabe decir que el orden de las Rimas, no fue el del autor, sino el de sus amigos cuando publicaron su obra, pues habían tenido a la vista el manuscrito del Libro de los Gorriones. De toda su producción, el propósito de este artículo son las Rimas, que podrían dividirse fundamentalmente en 4 temas, y a partir de aquí podemos aproximarnos a su idea de como concebía él la vida, la poesía y la creación en general.

- La poesía misma (Rimas I a la XI)
- El amor gozoso (Rimas XII a la XXIX)
- El desengaño y el dolor (Rimas XXX a la LI
- La angustia y la muerte (Rimas LII a la LXXVI)

El tema de la mujer es determinante en su obra. Augusto Ferrán contó que el poeta quemó unas cartas que el poeta consideraba dañinas para su honor, y mucho se ha especulado sobre su contenido. No obstante conocemos el nombre de algunas de las mujeres a las que amó, entre ellas destacan Julia Espín y Pérez Collbrandt, su gran amor, la que podría haber inspirado las Rimas, y su esposa Casta, parece ser que Elisa Guillén fue una invención de un estudioso del autor, y no estaría por tanto presente en la obra lírica del autor como se venía diciendo.


 SOBRE EL AUTOR


 DAVINIA ALBALAT 
 
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